Al llegar al tercer cielo, entraron con el mismo ceremonial. Estaba todo él cuajado de piedras preciosas, demasiado brillantes para los ojos humanos. Había un ángel sentado, de inmensa altura, cuyos ojos estaban separados por una distancia equivalente al recorrido de un viaje de setenta mil días. Tenía a sus órdenes cien mil batallones de hombres armados.
Veinticinco grados bajo cero eran para él nada más que veinticinco grados bajo cero. Que hubiese algo más en ello era un pensamiento que jamás le cruzó por la cabeza.
Juro que te serviré en lo que pueda con la inteligencia, con el brazo y con el corazón, humilde y valerosamente; y que si llega un día en el que deba dar por ti mi sangre y mi vida, daré mi vida y mi sangre y moriré elevando al cielo tu santo nombre y enviando mi último beso a tu bendita bandera.
Él estaba lejos de pensar que la mujer que tenía que enfrentarse con él a las horas de comer era la misma a cuyo marido había lanzado a la eternidad con sólo una hora de tiempo para prepararse.